Una vez mas como ya hace varios otoños, la nostalgia por la agonía de otro año. La despedida de la naturaleza envuelta en rojos y amarillos que se recuesta al sueno gélido, mortecino, que me hace temblar y poner en peligro una copa de tequila entre mis manos. Bocanadas de aire frío penetran el bar con cada abrir y cerrar de puertas, y yo sentado en la barra, frente al espejo tembloroso, que me escupe el tiempo que ha pasado sobre mi rostro.
Anuncios de colores de fiesta nacional, neón caprichoso de formas surrealistas, hacen un pequeño universo dentro de la cantina. Y yo acaricio mi segunda copa. Dejo que mis dedos se humedezcan en el cristal sudoroso, para recordar las lágrimas sobre su mejilla.
Con la tercera regresa el fuego a mis venas y ya me atrevo a explorar la fauna de mi cantina, a través del humo artificial que perfuma los sudores y hasta un poco la lujuria incansable.
Ya la música folclórica de la rocola me empieza a asfixiar y su volumen compite en el enjambre de conversaciones cruzadas y el chasquido de los vasos.
Me acerco a la mesa donde hay cuatro adolescentes, de rostros pálidos y mirada aterrada. De camisas blancas manchadas de polvo y zapatos rotos. Ninguno se atreve a mirarme a los ojos, así que soy yo quien los saluda - salud, carnales, no los había visto por aquí antes, es la primera vez que nos visitan?-
- si, si señor- contesto tímidamente uno de ellos.
- Andábamos festejando nuestro cumpleaños, pero nos hemos perdido. No sabemos como regresar y ya ni sabemos para que.-
-Desde cuando andan extraviados- les pregunte observando que cada vez que llevaban su tarro de cerveza a la boca, esta se salia por los orificios de sus espaldas.
-Desde el dos de Octubre, pero creo que ya nos olvidaron pues nadie viene a buscarnos- no volvieron a pronunciar palabra y sus miradas se posaron en el centro de la mesa. Embelesados por un cenicero tricolor.
Decidí no perturbar su meditación, y una voz femenina aunque un poco infantil me llevo a otra mesa donde dos mujeres, ambas de rostro moreno y belleza inocente, me miraban con expresión un tanto molesta, impaciente. Sus bufandas atadas al cuello también se veían gastadas, arenosas y hasta me pareció con algunos restos de hierbas secas.
- Me permiten invitarles una copa?- En tono de anfitrión de casa ajena, que me recuerda que ya llevo tres. Pero la cuarta copa que ya iba en camino a mis labios me devolvió al partido.
-No, gracias. Solo estamos esperando que pongan nuestros nombres en las cruces que están sobre nuestra cama. Tan solo eso señor. Queremos que sepan nuestros nombres y descansar en paz en nuestro desierto, en nuestra frontera-
Al hablar, sus bufandas asomaban manchas rojas que rápidamente se absorbían. Hasta entonces, me di cuenta del dolor que había hecho nido en sus ojos opacos, de sus labios resecos y sus manos mutiladas.
El carrusel de neón dio un giro y me puso a una mesa antes de llegar a mi lugar. Esta vez mi lengua adormecida se reconcilio conmigo y no hizo acto de presencia. Tan solo un hombre sosteniendo con sus manos su cabeza sobre la mesa.. -Siempre quise ser policía, desde niño, pero antes, en Chihuahua no pasaban estas cosas-
Otra bocanada de aire frío me empujo hasta la barra donde un cantinero indiferente sacaba brillo a una copa.
-Oye Juan, que gente tan rara a venido hoy a la cantina.-
-No se burle mi Roger, no sea cabrón. El bar esta vacío porque hoy es noche de halloween y todos andan festejando,.. y además todavía no abrimos.-
Mi mirada se deslizo al espejo de la barra, que por primera vez, me devolvía una imagen agradable. Un antro vacío, obscuro, donde solo el silencio se paseaba entre las mesas.

