Raices
Todo empezó con una ligera molestia en la parte interior de mis muñecas.
Todo empezó con una ligera molestia en la parte interior de mis muñecas.
Trabajando para la compañía petrolera que se propuso traer el progreso a esta región, solo deseaba que los tres meses que duraba mi contrato, transcurrieran lo mas pronto posible.
En medio del caudal de dos ríos, de la espesura impresionante de esta selva perennifolia, a tres días de camino del poblado mas cercano y sin medios de comunicacion disponibles; llegue cargado con medidores de humedad, termómetros, anemómetros y fotómetros, solo estaba acompañado de un pequeño grupo de ayudantes nativos semi desnudos, de piel obscura y olor a arcilla. Que apenas hablaban extraños dialectos de sonidos guturales y que no alcanzaban a razonar que la tierra tiene dueño.
Mi misión era elaborar el estudio de impacto ambiental, dicho sea de paso, que a nadie le interesaba conocer. Pero era indispensable para darle coherencia al sentido social del sistema económico, que no se permite detener un segundo, ni tolera la existencia de ecosistemas improductivos.
Los primeros días transcurrieron según lo planeado en los cálculos de inversión y hasta disponía de algo de tiempo libre para capturar algún mono araña, guacamaya o manatí, que me permitiera compensar la molestia de este insoportable clima.
Al pasar de las primeras semanas, note que pequeñas grietas se abrían en la piel de mis brazos, como una tímida erosión transitoria. Pero no detuve mis caminatas para reconocer el terreno que habría de ser transformado, Aquí y allá podía observar, bajo la vegetacion, algunos desechos culturales, basamentos de pirámides minúsculas, que no figurarian en mi reporte por no ser rentables.
Me divertía observar la curiosidad que yo sospechaba fingida de los nativos hacia mi equipo de medición y me contrariaba su conducta indiferente a la inminente modernizacion de su hábitat. Su gusto por dormir fuera del campamento y su necedad de cazar solo animales comestibles.
Comenzaba a preocuparme que mis heridas hechas seguramente por las ramas o herramientas, no sangraban. Sin embargo secretaban un liquido transparente. La memoria de la tierra, decían mis aborígenes asesores, que en lugar de ofrecerme algún remedio local, comenzaban a intercambiar miradas y sonrisas infantiles.
Sabia que los nativos ignorantes y supersticiosos, en su imaginario colectivo, contaban que la selva tenia sus propios mecanismos de defensa, tales como, epidemias, tormentas intensas y una cantidad inimaginable de moscos, reptiles y toda clase de bichos. Todo con el fin de evitar que se abrieran los caminos para extraer la energía que las ciudades civilizadas necesitan. Pero a la quinta semana yo lo que quería saber era porque mi piel comenzaba a agrietarse. Sentía una sensacion permanente de sed y lo que mas me sorprendió fue no sorprenderme por las diminutas hojas y tallos ensortijados que comenzaron a brotar de mis llagas.
Debía darme prisa, buscar la ciencia del hombre blanco o al menos el consuelo de la religión verdadera, porque las ramificaciones empezaban a descubrirse por los bordes de mi ropa. Aunque hacia ya algunos días que había empezado a tener dificultades para interpretar mi propio proyecto de destrucción y las horas comenzaban a escurrirse como los arroyos que se devora el río.
Una noche, dentro de mi tienda de campaña, la fiebre metamorfeaba mis visiones, pero pude observar como mis pies comenzaban a deformarse de tal manera que el día siguiente me fue imposible usar las botas de exploración. Ya no tuve valor de mirarme al espejo, quizás por evitar la decepción de seguir siendo el mismo. Quizás porque pude sentir la textura de la luz de la luna. Quizás porque recordé el nacimiento de las pleyades.
Al salir de la tienda mis ayudantes esperaban tranquilos. Por alguna razón sabia que no eran necesarias las palabras y sentí el calor de sus abrazos. Sentí por primera vez el amor de una mirada.
Me tomaron de mis manos, o de lo que una vez fueron mis manos y me guiaron, pacientemente por veredas cubiertas de bijagua donde mis enormes pies apenas alcanzaban a arrastrarse hasta llegar a un claro a la orilla del río. Rodeado de arboles gigantescos, algunos cubiertos con enredaderas multicolores y helechos. Un pequeño paraíso de orquideas y bromelias iluminado apenas por rayos de sol que lograban abrirse paso como lanzas entre la espesura del follaje y nubes de luciérnagas flotando sobre las flores. Fue como entrar en un sueño metalico de reflejos vivos.
Mientras los dedos de mis pies penetraban la tierra, alargandose, entrelazándose con las raíces de otros arboles y pude ver. Pude ver la piel de los lagartos en las nubes, pude sentir la mirada de los jaguares desde cada tronco, y escuchar el rugido de las panteras en el aire y pude sentir el universo entero dentro de mi.
Los indígenas que me rodeaban soltaron mis manos y en ese momento lo supe todo, en sus rostros se dibujo una sonrisa, afable, nostálgica, y la lluvia invernal en sus miradas. Ellos también lo sabían.
Muy pronto el hombre se perdió en las sombras, y la corteza cubrió mi piel. Y comencé a crecer; a alimentarme del aire y del sol. Y ya no tuve mas miedo.
Hoy puedo sentir como los niños juegan, balanceandose entre mis ramas y por las noches, la lluvia mojando el sueño de las estrellas. Pero en las mañanas aun me estremezco cuando siento temblar la tierra, al paso de las maquinas que construyen el futuro.


